La historia de dos llamadas

El domingo 18 de marzo celebramos el Día del Seminario, que este año lleva por lema “Apóstoles para los jóvenes”. Con este motivo, se ha llevado a cabo, en toda la Diócesis, la Campaña Vocacional, unos días en los que el Seminario abre sus puertas y se hace presente en todos los rincones de nuestra geografía a través de sus mejores portavoces: sus seminaristas.

 

Daniel Gutierrez y Álvaro López de 19 y 23 años respectivamente, son los dos nuevos seminaristas que han entrado este año a formar parte de la familia del Seminario, que cuenta con 16 seminaristas. Ellos explican cómo, cuándo y dónde sintieron la llamada del Señor.

Daniel Gutiérrez

Daniel Gutierrez pertenece a la parroquia de San Juan Bautista de Vélez-Málaga y afirma que a la parroquia lo llevaba su abuela «cuando me quedaba en su casa, porque mis padres son creyentes pero poco practicantes, la verdad. Comencé a ir con más frecuencia a Misa cuando me estaba preparando para hacer la primera comunión. Mi abuela me enseñó de pequeño a rezar una oración sincera que salía del corazón, antes de irme a la cama. Y creo que, desde entonces, me fue creciendo por dentro. Después, cuando me preparaba para recibir la primera comunión recuerdo unos momentos de mucha felicidad. Pero la llamada de verdad, la sentí la noche que falleció mi abuela, en 2013, ese momento me marcó mucho».

 

Daniel recuerda que llegó al Seminario «gracias a Francisco González, antiguo rector, que venía mucho por San Juan y un día me dijo: “venga anímate a venir al Seminario Menor, que te lo vas a pasar muy bien. Hay gente de tu edad”. Todavía me acuerdo del momento en el que llegó la carta a mi casa. Mi madre se descompuso un poco: “¿pero cómo que te has apuntado al Seminario?” me preguntó. Al principio les sorprendió un poco, pero con el tiempo ha ido cambiando mucho la cosa. La primera convivencia ya me enganchó. El rector actual, Antonio Eloy Madueño, estaba entonces de rector del Seminario Menor y cuando nos dijo que íbamos a rezar el rosario, me sorprendió mucho porque creía que eso era una cosa de personas mayores. Pero así descubrí cuánto puede ayudar rezarlo. Recuerdo que ese día de convivencia se alargó más de lo que esperábamos e íbamos a llegar a casa más tarde de lo que había dicho. Estaba convencido de que mis padres se enfadarían, así que me puse a rezarlo camino de casa, para ver si me ayudaba. Cuál no sería mi sorpresa cuando llegué y mi padre me preguntó: “¿Cómo te lo has pasado?” y le dije que muy bien y me respondió: “¿cuándo es la próxima?” y entonces recuerdo que le dije: “¿Cómo que cuando es la próxima? ¡Creí que me ibas a regañar por llegar tarde!” y me dijo: “Nada de eso” . Ese día me dije: “sí que funciona el rosario” y desde entonces no he dejado de rezarlo, ayuda mucho».

 

Y es que, como explica el rector del Seminario, Antonio Eloy Madueño, «está naciendo un grupo de sacerdotes que tiene una nueva experiencia de Dios y desde ella pueden ayudar al hombre de hoy porque comparten las mismas inquietudes, los mismos desafíos y pueden ayudar muchísimo a descubrir esa presencia de Dios, que siempre ha estado cercano, no lo olvidemos. Pues una tarea fundamental del sacerdote es ayudar a descubrir al hombre de hoy esa cercanía de Dios y esto es una misión para la que están preparados los curas actuales: Hacer descubrir a Dios en ellos, en su interioridad. No vivimos de una fe heredada. Ese proceso personal de descubrimiento, de encuentro y de respuesta a Dios necesita de hombres que les ayuden y les digan donde está Jesús».

Álvaro López

 

El encuentro de Santa Teresa en Ávila, en 2015, supuso un antes y un después en la vida de Álvaro López, «antes ya estaba dándole vueltas, pero la “explosión grande” fue allí, cuando tenía 19 años».


Pero, como él mismo cuenta, «mi caso es curioso porque yo hice la primera comunión con 18 años. Mi familia no es creyente. Me bautizaron cuando tenía dos años, pero cuando tuve la edad de hacer la primera comunión, mis padres me preguntaron: “¿tu quieres hacerla?” y en ese momento les dije: “yo no tengo ganas”. Fue estudiando Bachillerato, cuando conocí a una chica que pertenecía a los Misioneros de la Esperanza (MIES), que por esa época estaban en la parroquia de Virgen Milagrosa y San Dámaso en Málaga capital. Así que empecé a conocerlos y estuve tres años preparándome para recibir la comunión y la confirmación. Mi vinculación con la Iglesia ha sido siempre a través de MIES».

 

Cuando, con 18 años, le dijo a sus padres que quería hacer la primera comunión «se lo tomaron bien. Pensaron que era un chico responsable que había meditado mi decisión. Pasado el tiempo, me costó más decirles que iba a empezar el curso de discernimiento que el hecho de entrar en el Seminario. Pero la verdad es que tras recibir el sacramento de la comunión, fueron viendo que mi vida se iba haciendo en torno a la parroquia, al movimiento, a la cofradía... Por eso siempre digo a la gente que me pregunta que incluso no estando de pequeño en la parroquia, el Señor te va guiando y mostrando el camino». A día de hoy «mis padres están alegres porque me ven feliz. Al principio les costó un poco asimilarlo, pero puedo dar muchas gracias porque siempre me han apoyado».

 

Por Beatriz Lafuente

Para DiócesisMálaga

 

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
© Seminario Diocesano de Malaga